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Celia Vados, la infancia robada de una “niña de la guerra” Por Angela Iglesias Bada
Hace cincuenta años, en
julio de 1955, Celia Vados llegaba a Bruselas procedente de su
Alonsótegui natal, iniciando de esta manera una nueva vida. Tenía sólo
veintiséis años y dejaba atrás una infancia marcada trágicamente por la
guerra y el desarraigo, y una adolescencia de miserias y trabajo duro en
Vizcaya. Durante mucho tiempo luchó por olvidar. Hoy, sin embargo, a sus
setenta y seis años, recuerda su estancia como “niña de la guerra” en
una colonia de Agen (suroeste de Francia) como si hubiera sido ayer y se
interroga sobre el paradero de aquellos niños que durante tres años
fueron su única familia y a los que nunca volvió a ver. Esta es su
historia. Celia Vados tenía siete años cuando estalló la Guerra Civil. Su padre Aquilino, zapatero de profesión y miliciano republicano, fue hecho prisionero y fusilado en el acto dejando a una viuda jovencísima y a sus cuatro hijos, el mayor de diez años, el pequeño de apenas uno, en una situación económica insostenible. No será hasta varios años más tarde que la familia conocerá la verdad de lo ocurrido a Aquilino, que durante mucho tiempo figurará como “soldado desaparecido”. Eustaquia, la madre, intentó hacer frente a la terrible situación trabajando todo el día en una fábrica de tejidos de Bilbao y limpiando en casas particulares cuando aún le quedaba tiempo pero lo que ganaba apenas les alcanzaba para subsistir y los niños eran demasiado pequeños como para dejarles solos mientras ella trabajaba. También se habían quedado sin casa en un bombardeo. “Así se decidió que mi hermano mayor, Josetxu, y yo nos fuéramos temporalmente a una colonia en Carranza, a un palacio que había sido requisado precisamente para albergar a niños en nuestras circunstancias. Era una noche oscura cuando nos separaron de nuestra madre y nos llevaron a aquel lugar en un Citroën negro. Yo, que no sé nada de coches ni me interesan, nunca me olvidé de aquél”, recuerda Celia. En aquel palacio de Carranza, los niños pasaron días felices jugando en los jardines y las fuentes, sintiéndose libres, despreocupados y en seguridad por primera vez en mucho tiempo. Eran todos ellos “hijos de rojos”, la etiqueta por la que se les iba a señalar con el dedo en las siguientes décadas y que, en consecuencia, les iba a marcar de por vida. Cuando, a falta de camas en los hospitales, empezaron a traer a soldados republicanos heridos al palacio, el edificio comenzó a ser bombardeado por el bando nacional. “Ahí tuvo que haberme pasado a mí algo o haber visto algo que me traumatizó porque desde entonces y durante muchísimos años me desperté llorando y gritando todas las noches. Y siempre era el mismo sueño: que estaba en esos jardines, veía las fuentes, todo era alegre y luminoso y de repente algo pasaba que no sé lo que es y me despertaba aterrorizada”, explica Celia. Ante esta nueva situación de extremo peligro, Celia, su hermano y el resto de los niños de la colonia fueron evacuados a mediados de 1937 a Santander, de donde partirían en un barco carbonero rumbo a Francia y de allí a los diferentes países de acogida. Celia aún se emociona al recordar que a punto estuvieron de separarla de su hermano, que iba a ser enviado a Rusia. “Mi madre nos había dicho al despedirnos que no nos separáramos nunca, así que yo, viendo que querían llevarse a Josetxu, empecé a chillar y a patalear. Finalmente nos mandaron a los dos a Agen, donde permanecimos hasta 1940, cuando los alemanes invadieron Francia en la Segunda Guerra Mundial”.
Celia recuerda los tres años que pasó en la colonia improvisada de Agen como años duros por la lejanía de la familia y la incertidumbre de no saber lo que estaba pasando en su país, o si alguna vez iban a volver a ver a su madre. “Y nosotros aún nos sentíamos afortunados porque teníamos la esperanza de reencontrarnos con nuestra madre pero allí había muchos niños que ya sabían que se habían quedado huérfanos de padre y madre y sin embargo tenían que seguir adelante. Viéndolo desde la distancia, lo terrible e irreparable de todo aquello fue que se nos robó la infancia, porque al tener que vivir situaciones tan dramáticas maduramos de golpe”, reconoce Celia, quien no recuerda el nombre de aquellos niños que llegaron a ser tan importantes en su vida. “No quisiera morirme con la pena de no haber vuelto a saber de ellos. Hace tiempo cayó en mis manos un libro donde viene una foto de un chaval con una bici en Agen y yo reconocí el lugar y me pregunto si no será el chico que me llevaba a mí en bici. Porque a mí en la colonia me llamaban “la princesa” y jugábamos a que la bici era la carroza… También recuerdo que en Agen estaba con nosotros un niño que había perdido una pierna en los bombardeos y era sorprendente porque era buenísimo en gimnasia y jugaba al fútbol fenomenal. Pasábamos el día en un convento de frailes que tenía un patio de tierra con árboles y, como no había bastante sitio para dormir, por la noche teníamos que ir caminando varios kilómetros para dormir en otro lugar. Nos vestían a todos iguales, con una capa azul marino y botas de caucho. Teníamos maestros y maestras españoles que eran muy buenos con nosotros y que fueron muy importantes porque, de alguna manera, representaban la figura de nuestros padres. Recuerdo que había institutrices jóvenes y ocurría con frecuencia que nos decían que una no podía seguir viniendo y la sustituía otra. Luego comprendimos que lo que pasaba es que iban a España a traer mercancía, a ayudar a gente a pasar la frontera y cuando las detenían las fusilaban. No se me olvida lo traumáticas que eran para nosotros aquellas desapariciones, especialmente tengo en la memoria a dos hermanas jóvenes que eran guapísimas, alegres, llenas de vida, tan cariñosas con nosotros… Cuando se nos anunció que ya no volverían los niños lloramos durante días. También hubo un matrimonio de maestros republicanos que no nos quisieron dejar solos y se empeñaron en acompañarnos en nuestro viaje de regreso a Barcelona aunque ya sabían lo que les iba a pasar después. Eran de Gallarta y años más tarde supe que también les habían fusilado”.
Ese chico era Charles Kraghman, más conocido por todos como Carlos, y, curiosamente, había aprendido el español gracias a su amistad con otros “niños de la guerra” en Bélgica. Celia y Carlos se casaron en Bruselas un año después, el 7 de julio de 1956. Gran lector, melómano, amante de los viajes, Carlos fue siempre un enamorado de España y acompañó y sigue acompañando a su mujer cada año en sus vacaciones en su país de origen. El matrimonio tuvo dos hijos, Francis, economista, y Corine, bailaora de flamenco. Ambos viven en la actualidad en Bruselas y Celia se declara muy orgullosa de los dos. “Es curioso porque, habiendo sido educados de la misma manera, él es muy belga de personalidad mientras que ella es completamente española. Creo, además, que me saqué una espina con Corine porque a mí también me hubiera gustado ser artista. Recuerdo que en Agen nos llevaron un día a ver una película en la que salía alguien tocando el violín y aquello me marcó tanto, me pareció tan hermoso, que me dije que un día aprendería a tocarlo yo también, qué ingenua… En fin… de algún modo, he visto realizado ese sueño de ser artista a través de mi hija”. Vitalista, enérgica, con un gran sentido del humor y muy generosa “marca de la casa, mi madre, a pesar de ser tan pobre, era la generosidad personificada”, a Celia las injusticias y los sufrimientos padecidos a lo largo de su vida no la han vuelto una mujer rencorosa. “¿Rencor? No, eso no va conmigo. Figúrate que en plena adolescencia y con todo lo que me hicieron sufrir en aquel colegio de Vizcaya me quise hacer monja solamente para no hacer como ellas…” Ángela Iglesias Bada Celia Vados quisiera que si algún lector reconoce los acontecimientos y escenarios que se reflejan en este reportaje, se ponga en contacto con ella en esta dirección: Celia Vados Rue Jean Lagey, 20 1070 Bruselas Bélgica
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