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      Inauguramos nuestra sección de artículos con la entrevista realizada este verano por Ángela Iglesias en el marco del III Congreso Mundial de Asturianía celebrado en Gijón (Asturias) a Águeda González del Coto, presidenta del Centro Asturiano de Santo Domingo (República Dominicana). Un emotivo testimonio de una mujer emigrante que, a pesar del paso del tiempo y de la lejanía, sigue vinculada a su tierra de una manera muy especial.

 Águeda González del Coto : « Yo no quería ser emigrante, pero me enamoré »

    Ella fue la participante más veterana del III Congreso Mundial de Asturianía celebrado el pasado mes de agosto en Gijón. Sin embargo, es la promotora y presidenta del Centro Asturiano más joven de América, el de Santo Domingo, fundado en 2003. Con setenta y siete años y más de cincuenta de vida emigrante en Santo Domingo, la madrileña Águeda González del Coto se siente asturiana de corazón y reconoce no poder evitar echarse a llorar cuando escucha los primeros acordes de una gaita.

    -Hasta que usted lo promovió, la República Dominicana era el único país de América que no contaba con un Centro Asturiano. ¿Por qué decidió crearlo y cómo fue acogida su iniciativa ?

    - Me resultaba extraño que, habiendo como hay en Santo Domingo tanto emigrante asturiano, fueramos los únicos que no tuvieramos un Centro. Así que me reuní con un grupo de amigos que pensaban como yo y en 2000 decidimos lanzarnos a la aventura de crearlo. Desde el Principado nos pidieron un mínimo de ciento cincuenta firmas para iniciar los trámites y cuando me quise dar cuenta ya tenía doscientas cincuenta. En 2003 se nos concedió el Reconocimiento de Asturianía. Estamos muy satisfechos de lo que hemos logrado y esperamos que el Centro, al que tanto amor tenemos, siga creciendo con el apoyo de todos los asturianos que lo han querido.

     -Usted pertenece a una familia de tradición emigrante. Su padre, asturiano, primero fue indiano en Cuba y en Florida, para terminar instalándose en Madrid. ¿Fue para usted relativamente natural el hecho de emigrar a Santo Domingo y formar allí su familia ?

     No, en absoluto. Es más, mi padre siempre me decía que era una lástima que yo no hubiera sido chico, porque entonces me hubiera enviado a América, y yo siempre le contestaba que a mí no se me había perdido nada allí… No, yo nunca quise ser emigrante, pero ocurrió que me enamoré… Me fui a enamorar precisamente en mis vacaciones de verano en Asturias de un emigrante asturiano en Santo Domingo que también estaba pasando unos días de descanso en su tierra. Nos casamos y me vine con él a Santo Domingo sin pensar, claro está, que me iba a quedar allí toda mi vida. Llegué a Santo Domingo el 7 de marzo de 1953, tenía veintitrés años.

-Dejó un país en plena dictadura franquista para irse a otro sometido a un régimen que estremeció al mundo por su crueldad. ¿Cómo vivió usted esta experiencia?

-Aquello era tremendo, una cosa es leerlo en los libros de Historia y otra haberlo vivido en primera persona. La dictadura de Trujillo fue espantosa, con el servicio de inteligencia más grande del mundo con relación a la extensión del país. Por eso duró tanto el régimen, porque tenía a muchísima gente a su servicio dentro y fuera del país. Allí ni los borrachos hablaban mal de Trujillo, de tan metido que tenía el pueblo dominicano el miedo en el subconsciente. Como mi marido me contestó en una ocasión en la que estábamos hablando del tema, el que se hayan emborrachado no quiere decir que sean idiotas. En el libro que escribió Vargas Llosa hay muchísimo de verdad. Con los extranjeros Trujillo no se metía pero yo siempre sufrí mucho y me solidaricé en todo momento con un pueblo oprimido que me acogió con los brazos abiertos. Nunca quise vivir en un gueto. Como buen indiano que había sido, siempre escuché decir a mi padre aquello de “donde fueres haz lo que vieres”.

-Siendo madrileña de nacimiento, ¿cómo explica su pasión por Asturias?

-Mis padres eran asturianos y desde niña he venido a esta tierra y la he sentido con mucha intensidad. Como anécdota puedo contar que cuando me mandaban a Asturias a pasar el verano sólo me metían en la maleta ropa blanca para poderla después lavar con lejía de lo mucho que me manchaba. Yo era llegar y ya estaba tirándome por los prados, subiéndome a los árboles a coger nueces, con un sentimiento muy profundo de libertad y de identificación con la tierra. Amo a Asturias con el alma; el asturiano que vive aquí no valora ni quiere a Asturias la mitad de lo que la queremos los emigrantes. ¿Ves? Ya me pongo a llorar otra vez, no he parado desde que empezó el Congreso, parezco una plañidera.

-¿Cómo hizo frente a la añoranza una mujer tan joven y tan enamorada de su tierra?

-Porque también estaba muy enamorada de mi marido y eso lo puede todo. Y con la ayuda de la gente que conocí allí, tan acogedora y alegre a pesar de las duras circunstancias. Recuerdo que en una ocasión mi madre me envió un disco de Juanito Valderrama en el que cantaba la canción “El emigrante” y yo no hacía más que ponerlo y llorar, ponerlo y llorar... Hasta que un día la muchacha de servicio me dijo: “Mire, señora, nosotros aquí la música la ponemos para alegrarnos, no para llorar”. Aquello me gustó y me hizo pensar mucho. Seguí poniendo el disco, pero ya con una visión distinta.

-Usted tiene la suerte de venir con frecuencia a su país y más concretamente a Asturias. ¿Qué opina de la evolución de la región en los últimos años?

-Me gusta, me gusta mucho lo que veo cuando vengo, esa juventud asturiana tan sana y tan emprendedora. Quisiera quedarme en Asturias para siempre, pero cuatro de mis cinco hijos viven en Santo Domingo y mi vida está allí. Aunque ellos saben que cuando me muera han de incinerarme y esparcer las cenizas en el Puerto de Pajares. Este es mi origen, de aquí vengo y aquí he de volver.

Texto y fotos: Ángela Iglesias Bada

 

 

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