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Surcos sobre mi piel
El tiempo ha dejado surcos sobre mi piel sembrados de la semilla del
recuerdo, juventud, aun recuerdo cuando te
Cuarenta años no es nada si es feliz la mirada, va ser hora de recordar a Machado y haciendo camino echar la vista atrás para ver que ha quedado de aquel perfume de revolución, quien se ha quedado enterrado bajo los escombros del muro de Berlín, o mirarse a un espejo para ver cuanto hemos cambiado, nos preguntamos si había alguna playa bajo aquel adoquín, miramos si hay canas mientras nos preparamos para sentarnos en un sillón y mirar las Olimpiadas de Pekín. Estamos cubiertos bajo una nube de contaminación ambiental, las ideas no encuentran luz, se están resfriando mientras el planeta se calienta, se están cociendo en los conciliábulos de los alter mundialistas mientras nos van borrando las pistas tanto los politico-integristas como los idiota-terroristas. |
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¡¡ JUSTICIA PARA EL PUEBLO SAHARAUI !! Durante este tiempo, Marruecos ha cometido todo tipo de abusos contra el pueblo saharaui, ha incumplido todas resoluciones de Naciones Unidas (más de cincuenta) que instan a la celebración de un referéndum de autodeterminación, ha torturado y marginado a los saharauis, los ha expulsado de su tierra, ha expoliado sus recursos naturales, ha levantado un muro de 2.500 Km. que divide el territorio y a sus habitantes, y lo ha blindado para que ni observadores de derechos humanos, ni medios de comunicación, ni otros colectivos, puedan ser testigos de las barbaridades que diariamente allí son cometidas por la maquinaria de represión marroquí. |
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Celia Vados, la infancia robada de una “niña de la guerra” Por Angela Iglesias Bada
Hace cincuenta años, en
julio de 1955, Celia Vados llegaba a Bruselas procedente de su
Alonsótegui natal, iniciando de esta manera una nueva vida. Tenía
sólo veintiséis años y dejaba atrás una infancia marcada
trágicamente por la guerra y el desarraigo, y una adolescencia de
miserias y trabajo duro en Vizcaya. Durante mucho tiempo luchó por
olvidar. Hoy, sin embargo, a sus setenta y seis años, recuerda su
estancia como “niña de la guerra” en una colonia de Agen (suroeste
de Francia) como si hubiera sido ayer y se interroga sobre el
paradero de aquellos niños que durante tres años fueron su única
familia y a los que nunca volvió a ver. Esta es su historia. Celia Vados tenía siete años cuando estalló la Guerra Civil. Su padre Aquilino, zapatero de profesión y miliciano republicano, fue hecho prisionero y fusilado en el acto dejando a una viuda jovencísima y a sus cuatro hijos, el mayor de diez años, el pequeño de apenas uno, en una situación económica insostenible. No será hasta varios años más tarde que la familia conocerá la verdad de lo ocurrido a Aquilino, que durante mucho tiempo figurará como “soldado desaparecido”. Eustaquia, la madre, intentó hacer frente a la terrible situación trabajando todo el día en una fábrica de tejidos de Bilbao y limpiando en casas particulares cuando aún le quedaba tiempo pero lo que ganaba apenas les alcanzaba para subsistir y los niños eran demasiado pequeños como para dejarles solos mientras ella trabajaba. También se habían quedado sin casa en un bombardeo. “Así se decidió que mi hermano mayor, Josetxu, y yo nos fuéramos temporalmente a una colonia en Carranza, a un palacio que había sido requisado precisamente para albergar a niños en nuestras circunstancias. Era una noche oscura cuando nos separaron de nuestra madre y nos llevaron a aquel lugar en un Citroën negro. Yo, que no sé nada de coches ni me interesan, nunca me olvidé de aquél”, recuerda Celia. |
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